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domingo, 3 de mayo de 2020

Viaje a Cuba con el Indio


Me desperté en la madrugada, interrumpiendo un sueño con el Indio. Fue una sorpresa que se nos haya adelantado tan repentinamente y sin previo aviso. Parte del sueño era que estábamos con otras personas y yo lo presentaba como mi hermano. Como al hermano que nunca tuve. Curioso hecho, porque en la “realidad” nunca fuimos tan unidos. Excepto quizás durante ese viaje a Cuba. Fue hace casi 20 años.
Terminaba la universidad y le recordé a mi mamá que debía hacer cumplir su promesa de regalarme un viaje con gastos pagados a Cuba. Pasé los primeros años de la universidad, como muchos jóvenes de mis días, desperdiciando el tiempo de estudio en mesas de billar y en bares improvisados en los porches de la casa de algún miembro del vecindario de la universidad y eso de forma irremediable, se vio reflejado en las notas de mis cursos. Reprobé terriblemente Cálculo II y Física II y hasta tuve que repetir el curso de Dibujo y Geometría Descriptiva que me parecía entonces terriblemente aburrido a tal extremo, que trasegaba con bolsas de licor barato en mi mochila para consumirla con mis compinches de vagancias en la parte trasera del salón. Pero eso cambió un día, gracias a un espejo y quizás también, gracias a la promesa de mi madre de enviarme en ese viaje al exótico caribe de la utópica isla. Y hallándome pronto a terminar los cursos obligatorios para graduarme como ingeniero civil, le recordé su promesa. Seguramente las preocupaciones de que viajara solo (aunque ya tenía unos 21 ó 22 años para ese entonces), la llevaron a hablar con el Indio y lograron confabular uno de sus frecuentes viajes para que coincidiese en parte con el mío. Fue para una semana santa. Mi plan era pasar unos 20 días recorriendo lo más que pudiera con mi limitado presupuesto de mochilero millenial aprovechando para visitar o conocer, las múltiples amistades que durante años, mi madre y el Indio habían cultivado a través de la ONG donde trabajaban en Managua. Aunque no estoy completamente seguro, me parece que esa fue la primera  vez que me subí en un avión en serio, ya que había hecho un viaje antes a Corn Island, la isla en el caribe nicaragüense que se ha convertido en uno de los principales atractivos turísticos de Nicaragua en los últimos años. Llegué a la Habana, a la terminal 3 del José Martí y mi tía Carmencita, una amiga de la familia desde hacía muchos años y a quien también habíamos hospedado en nuestra antigua casa en Managua, me recibió con mucha alegría en la terminal. Ahí conocí a César. Me llevaron a su casa compartida con sus padres en un barrio tradicional de La Habana y recuerdo haber dormido como un recién nacido luego de esa tremenda aventura. Un canto de gallos a lo lejos me despertó cariñosamente y luego de entregar los respectivos regalos enviados por la familia y los amigos, y comer un desayuno casero, me dispuse a recorrer con César, las calles de la Habana vieja. César era un muchacho rubio, delgado, de ojos claros y brillantes que conocía esas calles como el mejor guía turístico que hubiera conocido antes y se movía como un pez en el agua en medio de la multitud que luchaba por montarse en las guaguas, los camellos… unos enormes buses articulados de dos secciones que semejaban a los mamíferos artiodáctilos que son tan comunes en las tierras desérticas del Neguev, y los viejos Cadillac y Ford, que aquí llaman “clásicos” por ser de la década de los 40s o 50s y que funcionaban de forma habitual como taxis en esos tiempos en la capital cubana. Caminamos como locos ese día porque descubrí que era un turista ávido de conocimiento y preguntaba tanto que seguramente no fui el único en caer exhausto en mi cama esa noche. Pasaron unos cuantos días y seguí paseando por las calles de la Habana y se unió a mi experiencia el Indio. Y ahí compartimos un par de días en la casa de Ana María. Recuerdo a su padre conduciendo un viejo Fiat miniatura que había prestado a algún amigo y llevándonos a través del túnel que construyeron los franceses al otro lado de la bahía a ver los 21 Cañonazos de la tarde. Moisés estaba también redescubriendo algunos de esos lugares que ya había visitado y andaba en su diminuto cuaderno una lista de lugares que le interesaban y que no había podido visitar en sus viajes anteriores. Fuimos a ver un show de delfines en el acuario de la Habana. Y Caminamos por la plaza con la gran escultura de José Martí cargando a Elián y que se hizo famosa en esos años por estar señalando con el acusador índice el imponente edificio de la oficina de negocios de Estados Unidos en la capital cubana. Pasamos interminables días conversando de la política internacional y los acontecimientos de coyuntura, como decía el Indio. Y tratamos de visitar un lugar que el amigo había intentado visitar otras veces de forma infructuosa: el museo Napoleónico. Logramos llegar a la entrada pero por esas cosas que resultan curiosas y decepcionantes a la vez, no pudimos entrar porque resultó que la persona en la boletería no tenía cambio para un billete de a cien pesos. Moisés pensó en que quizás nos resultaría incluso beneficioso pagar dicha astronómica cantidad a cambio de vivir la experiencia de contemplar la colección de tesoros que descansaba en la antigua mansión de Orestes Ferrara, el antiguo dueño de la propiedad, de antes de la llegada de los barbudos al poder. Luego recuerdo la mañana brumosa en que nos fuimos a Santa Clara. Era ahí donde tenía mi madre mayor cantidad de amigos recientes, pues había viajado varias veces a dar charlas a médicos cubanos sobre plantas medicinales y elaboración de tinturas y a enseñarles las ventajas del método de Omura para detectar patologías con pocos recursos económicos. Ahí nos dividimos. El indio se hospedó a unas pocas cuadras en otro edificio de varios pisos, en un apartamento del segundo piso donde vivía su gran amigo, el Doctor Calixto Orozco, quien a sus treinta y pocos años era ya el vicerrector del Instituto de Ciencias Médicas y yo, me quedé donde otro amigo mío, el Doctor Silvio Veitía, quien aparte de ostentar un título de Doctor en Ciencias por la famosa Universidad Patricio Lumumba de Moscú, era el jefe de la Cátedra de Medicina Tradicional en la misma institución. Fue ahí y en esos días que conocí la historia del Tren Blindado y me paseé por el gigantesco mausoleo que sirve de lugar de eterno descanso de los restos del mítico guerrillero y donde el Indio me confesó que después de inspeccionar muchas veces su interior, no supo a ciencia cierta en que parte en específico es que descansaba el trotamundos argentino. Me recuerdo sonriéndonos el uno del otro y su cara de regocijo al saber que el lugar desde donde caía una brillante luz solar en forma de estrella era el simbólico lugar que habían diseñado los arquitectos de monumentos cubanos como su eterno lugar de descanso. Recorrimos varias veces el Instituto de Ciencias Médicas de la Ciudad. Fue ahí que, temiendo perderme en medio de un edificio que parecía enorme para mí, seguía a pasos agigantados al Doctor Silvio en sus múltiples recorridos y me vi de repente inmerso en un lugar extraño donde un olor raro para mi y una decoración surrealista que no logré comprender hasta algunos minutos después me envolvió en una especie de ensoñación momentánea. Lo había seguido hasta la morgue donde los estudiantes de Anatomía descuartizaban cadáveres sumergidos en formol para comprender los vericuetos de la máquina humana. Entonces comprendí que la decoración extraña no eran más que restos de cabezas, fémures, tripas y cerebros humanos que eran ahora usados como materia de estudio por esos jóvenes médicos en formación. Afuera, desde el pasillo, se podía ver un área del edificio llena de cientos de bicicletas de todos los colores y formas. Recuerdo a Moisés preguntando al Calixto en forma ingenua que qué hacían tantas bicicletas ahí y él le contestó que ese era el parqueadero de la universidad y todos, incluso él mismo parqueaban ahí sus medios de transporte. Moisés preguntó asombrado que no era posible que un vicerrector como él viajara en bicicleta y no en su propio carro, pero Calixto pareció saber explicar que para ellos, era preferible que todos tuvieran el mismo medio de transporte a pesar de tener experiencias, títulos o cargos tan disímiles. A los pocos días viajamos a Remedios y su catedral que tiene la fama de ser la más antigua de Cuba. El interior barroco y su impresionante altar recubierto en oro es un recuerdo que difícilmente podré borrar de mi memoria a pesar del paso de los años y de que solo lo contemplé por algunos pocos minutos. Otro día hicimos un intento de viaje a los cayos. Alquilamos un viejo carro y nos dispusimos a recorrer el pedraplén hasta los cayos Santa Marta y Santa María donde nos ilusionamos con la idea de contemplar los restos corroídos de los barcos hundidos por famosos piratas. Me impresionó en sobremanera circular por aquellas maravillas, carreteras en medio del mar y puentes extraordinarios para mi, elevados artilugios que permitían el paso de barcos por debajo, definitivamente obras de ingeniería tremendas de las que luego aprendería un poco más gracias a un profesor cubano que nos contó de pedraplenes y de puentes en un postgrado de la UNI en Nicaragua. Uno de mis intereses era estudiar la posibilidad de hacer alguna maestría en estructuras en la isla y el Indio me ayudó a hacer algunos viajes para investigar esa posibilidad. Fuimos al CUJAE en La Habana y a la Universidad de Las Villas en Santa Clara, y el Instituto Politécnico Lázaro Cárdenas, donde tuvimos el gusto de disfrutar la vista de uno de los murales que, hecho con piedras de colores traídos de toda la geografía de la isla, muestran la amistad entre los pueblos de México y Cuba y que fue hecho por Salvador Almaraz, uno de los integrantes del movimiento que encabezaron junto con Diego Rivera, Tamayo y otros, hoy gigantes del arte universal. Luego un viaje dentro del viaje. Algo especial. Pasamos el jueves y viernes de semana santa viviendo en una iglesia. Increíble, pero eran de las cosas que tenías oportunidad de vivir si compartías tiempo con el Indio. Resulta que iba a dejar una encomienda donde un cura de Cienfuegos, famosa por la vista que hay desde su malecón a la mítica Planta Nuclear de Juraguá, el sueño nunca terminado de Fidel, suspendido luego de los terribles sucesos de Chernóbil. Ahí, los curas nos recibieron como uno de ellos, en un segundo o tercer piso, participé en un viacrucis (silencioso y privado, celebrado en el interior del templo) y luego cenamos en la casa de una pareja de ancianos que lloraron al verme. Resulta que, por uno de esos misterios de la Vida, mi cara era igual a la de un hijo de ellos que había huido en balsa a Miami hacía muchos años y del que nunca habían sabido más noticias. Me miré en las fotos de sus recuerdos y no me reconocí, pero ellos se contentaron con abrazarme y besarme como al hijo que habían perdido. Fue una experiencia conmovedora conocer a estos “otros” cubanos. Los que se quedaron cuando los otros “se fueron”.  El viaje a Cuba fue una experiencia que cambió mi vida. Mi percepción del mundo cambió. Mi percepción de lo que es derechas o izquierdas cambió. Y fue, o al menos me gusta pensar que es así, uno de los puntos de inflexión de esa parte de mi vida. Se contrapone a mi experiencia 20 años después, como inmigrante al otro extremo político del mundo y donde, sin embargo, logro ver también las mismas realidades, limitaciones y tristezas en los rostros de muchos. Siempre me he preguntado si alguna vez, caminando en las calles de Miami, me encontraré con ese otro yo que los ancianos de Cienfuegos vieron reflejado en mi hace tantos años. El viaje a la isla caribeña me marcó y el indio de Moisés fue un personaje principal en esa historia. El Indio perdió su trabajo en una tienda de electrónicos en Managua porque extendió unos cuantos días su estadía en la Isla para volver en el mismo vuelo mío. El viaje que planeábamos hacer a los 15 años de la sobrina no se hizo realidad. Y al menos el Indio, ya no podrá hacer más viajes en la forma en que lo conocimos. Que descanses en paz, hermano mío.
2 de Mayo 2020.

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